
Cuando prestamos atención a nuestras propias necesidades, a nuestro impulso más innato, surgen contradicciones, impedimentos que se elevan como muros que nos alejan de nosotros mismos y de los demás.
Aparece constantemente el miedo a incomodar, a invadir, a imponer mis necesidades por encima del otro. Ese respeto hacia el otro es a veces una lucha interna, una barrera disfrazada de moral que no nos permite desarrollar nuestro lado más espontáneo y auténtico.
En este taller hemos tratado de volver la mirada hacia uno mismo, reflexionando acerca de los miedos que tenemos a explorar lo desconocido, a arriesgar, a fundirnos con la vida en un juego constructivo que tiene mucho que ver con el niño interior que todos llevamos dentro.
En ese estar atento a uno mismo, surge el disfrute, el placer de sentir y de saberse vivo. Y también surge un contacto más verdadero con el otro, sin intención, sin juicio ni temor.
En este taller todos hemos podido reconocernos como grupo, ampliando nuestra visión de los demás mediante el contacto corporal y el juego simbólico. Tocar, oler, sentir... hemos despertado a una nueva dimensión del conocimiento, sin justificaciones.
Y en la propia experiencia del estar presente, se concentra nuestra energía, nuestra fuerza, nuestra pertenencia y nuestro compromiso con nosotros mismos y con la vida.





